Cultura

Había una vez una anciana de buen corazón, que vivía con sus tres hijos en una cabaña de paja al pie de una montaña en la región de la etnia zhuang. La anciana era una maestra en el tejido del brocado zhuang, y en sus obras las imágenes de animales y plantas eran tan vívidas que parecían reales. Esta habilidad le permitió mantener a sus tres hijos hasta que se hicieron adultos.

Un día, la anciana fue al mercado y al pasar por una tienda le llamó la atención una pintura de ricos colores. En esta se podían ver altas torres de madera, jardines llenos de flores, vastos arrozales y huertos, granjas de vegetales, estanques de peces, así como incontables pollos, patos, vacas y ovejas. Fascinada por la pintura, la compró y se la llevó a casa.

La anciana mostró la pintura a sus hijos y les dijo suspirando: “¡Qué bonita es! ¡Si pudiéramos vivir en un lugar como este, cuán felices seríamos!”. Al oírla, sus dos hijos mayores crisparon la boca y contestaron: “Mamá, ¡has vuelto a tener un sueño dorado!”. Pero su hijo menor reaccionó diferente: “Mamá, si tejes la imagen de la pintura en un brocado zhuang y la cuelgas en la pared, podrás verla todos los días como si vivieras en ella”. La anciana asintió e inclinó la cabeza con alegría. Entonces, comenzó a tejer en el telar. La pintura era muy bella, por lo que la anciana fue tejiendo minuciosamente cada detalle. En un abrir y cerrar de ojos pasó un año, pero la anciana no había terminado la obra. Pasaron dos años y seguía en eso. Los dos hijos mayores empezaron a quejarse. “Mamá, ¡eres muy lenta! Ahora nosotros somos el único sostén de la familia cortando y vendiendo leña. ¡Es tan agotador!”. Pero el hijo menor volvió a pensar de manera diferente: “Si mamá es feliz haciéndolo, déjenla. Si ustedes dos están cansados, descansen en casa. Yo iré solo por la leña”.

La anciana trabajaba día y noche en el brocado. El humo de la lámpara de aceite le provocaba lágrimas, y debido al cansancio se le saltaban los ojos, que lucían rojos y llenos de sangre. Si una lágrima caía sobre el brocado, ella tejía en esa parte imágenes de ríos y estanques; si una gota de sangre caía sobre el brocado, ella tejía en esa parte imágenes de sol y flores. Tres años después terminó la más espléndida pieza de brocado zhuang. Podían verse altas torres de madera, hermosos jardines, dorados arrozales, los pollos y patos, pero la anciana no desviaba su mirada del brocado.

De repente, una ráfaga de viento penetró en el cuarto a través de la ventana, y el brocado zhuang se despegó de la pared para luego volar hacia el cielo. Cuando la anciana salió a perseguirla, la pieza de brocado ya se dirigía hacia el este. Tan preocupada y triste estaba la anciana que se desmayó junto a la puerta.

El hijo menor la llevó a cuestas y la puso en la cama. Cuando se despertó, la anciana tomó la mano de su hijo mayor y le dijo: “Por favor, ve al este y ayúdame a encontrar el brocado. ¡Tráelo a casa!”. El hijo mayor asintió. Preparó su ropa, se puso sandalias de paja y salió.

Caminó y caminó. El hijo mayor no detuvo sus pasos durante un mes entero hasta que se encontró con una abuela, quien le dijo: “El brocado de tu mamá fue tomado prestado por las hadas que viven en la Montaña del Sol. Querían usarlo como modelo para poder tejer otro igual. Tengo un caballo de piedra que puede llevarte a la Montaña del Sol. Pero, cuando cruces la Montaña de las Llamas, no importa cuánto calor sientas, no deberás gritar; y al cruzar el Mar del Hielo, no importa cuánto frío haga, no deberás temblar; de lo contrario, morirás”. Al oír esto, el hijo mayor estaba tan asustado que su rostro empalideció.

La abuela le dijo sonriendo: “Si crees que no lo soportarás puedes elegir no ir. Te regalaré un paquete de oro. Puedes llevarlo a casa y pasar así tus días”. El hijo mayor tomó el oro y pensó: “Con esto puedo llevar una vida muy cómoda”. Así que se marchó a la ciudad con el oro.

Tres meses pasaron. Como vio que su hijo mayor no regresaba, la anciana, acostada en la cama, le dijo a su segundo hijo: “Ayúdame a encontrar el brocado y tráelo a casa. Busca también a tu hermano”. El segundo hijo asintió con la cabeza, se arregló y salió. Un mes después, también se encontró con la abuela, quien le repitió lo que le había dicho al hijo mayor. El rostro del segundo hijo también empalideció por el miedo. Al final, tomó el oro y se marchó también a la ciudad.

Pasaron otros tres meses. La anciana, a pesar de estar muy débil, se ponía de pie e iba todos los días a la puerta, con la esperanza de ver llegar a sus dos hijos. Pero estos no regresaron. El hijo menor le dijo: “Mamá, algo debe haberles sucedido a mis hermanos. Déjame ayudarte a buscar el brocado y también a mis hermanos”. La mamá inclinó la cabeza y acompañó a su hijo menor a la puerta. Lo vio partir. El hijo menor caminó día y noche y se encontró con la abuela en menos de medio mes. Esta le repitió lo que le había dicho a sus dos hermanos y también le ofreció un paquete de oro. El hijo menor lo rechazó agitando sus manos y le dijo: “No, no quiero el oro. El brocado es tan importante como la vida para mi mamá. Tengo que ir a buscarlo”.

El hijo menor se subió al caballo de piedra y le dio un puntapié en el vientre. El caballo empezó a correr volando. Apresuraron el paso día y noche y, después de tres días, llegaron a la Montaña de las Llamas, donde las llamas ardían hacia lo alto del cielo. El caballo de piedra lo llevó hacia estas. Bajo un calor abrasador, el joven pudo oír el sonido de su piel ardiendo por las llamas. Apretó los dientes y se aferró al caballo. Después de sobrevivir a la Montaña de las Llamas, el caballo de piedra –con el joven sobre su lomo– llegó hasta el Mar del Hielo, donde el agua era helada y las olas gigantes impregnadas de hielo golpeaban al joven. Con el frío hasta los huesos y adolorido, el joven apretó sus labios con los dientes y se aferró al caballo. Lograron atravesar el Mar del Hielo y siguieron marchando un buen trecho. Finalmente, llegaron a la Montaña del Sol, una montaña con sus campos en plena floración y con un suntuoso palacio en su cima, el cual brillaba bajo el sol. Se oían risas y cantos en el palacio.

El caballo de piedra llevó al joven directamente hasta el palacio, donde vio a un grupo de hadas que aprendían a tejer brocados. La obra de su mamá estaba colgada de un pilar del salón, como modelo. Las hadas no parecieron sorprendidas al verlo entrar y le dijeron sonriendo: “Justamente hoy terminaremos nuestro trabajo y podrás llevarlo a casa mañana”.

A altas horas de la noche, una perla iluminaba tanto el palacio que parecía ser de día. Un hada, que llevaba un vestido rojo, tejía e imaginaba cuán feliz sería si pudiera vivir en el lugar que el brocado mostraba. Con tal pensamiento en la cabeza, involuntariamente tejió un autorretrato en el brocado zhuang. Cuando el joven se despertó, todavía estaba oscuro. Todas las hadas se habían ido ya a descansar. El brocado de su mamá estaba en la mesa. Lo arregló bien y se lo llevó al hombro. Como estaba muy preocupado por la salud de su mamá, salió de prisa sin despedirse de las hadas. Montó su caballo y apresuró su regreso. Una vez más apretó los dientes y pasó por el Mar del Hielo y la Montaña de las Llamas. Luego, le devolvió el caballo de piedra a la abuela. Esta le dio un par de botas hechas con piel de ciervo y le dijo: “Hijo, tu mamá está muy enferma. Ponte estas botas y ve a casa enseguida”. El joven le dio las gracias y se puso las botas. Cuando pisó la tierra, las botas le ayudaron a volar y no tardó nada en llegar a casa.

La anciana estaba acostada en la cama con los ojos cerrados. “Mamá, mira, te he traído el brocado zhuang”, le dijo el joven, mientras extendía el brocado al lado de la cama. La anciana intentó abrir los ojos y el esplendor del brocado hizo que se le iluminara la cara. Sus ojos se volvieron brillantes, su rostro pálido se fue sonrosando poco a poco. La anciana se curó instantáneamente. Se levantó y le dijo: “Hijo, está un poco oscura la habitación. Vamos a llevar el brocado afuera para admirarlo bien”.

El joven sostuvo a su mamá al salir al patio y extendió el brocado sobre el suelo. Sopló una ráfaga de viento, y con ese viento el brocado comenzó a agrandarse. Todas las imágenes en ella, como la torre de madera, los pollos y patos, y el estanque de peces se hicieron reales. Una chica de vestido rojo también se colocó ante ellos, sonriendo. El autorretrato de una de las hadas también se había vuelto una persona real.

Más tarde, la mamá presidió la boda de su hijo menor y el hada. Vivieron juntos y felices. Pero sus otros dos hijos gastaron todo el oro que tenían y estaban tan avergonzados que no se animaron a volver a casa. Se hicieron mendigos.

*Este cuento pertenece a la serie Libros Ilustrados de Historias Chinas, dirigida a los niños hispanohablantes. Los interesados en adquirirla pueden comunicarse con la editorial Blossom Press (Tel.: 0086-10-68996050, 68996618. Fax.: 0086-10-88415258. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.).

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